Película de Diego Luna, México, 2026
Crítica de Véronique Gille, traducción adaptada
Duración: 97 min.
Año: 2026
País: México
Dirección: Diego Luna
Guion: Abia Castillo, Diego Luna, Diego Rabasa. Novela: Brenda Navarro
Música: Raquel García-Tomas
Fotografía: Damián García
Reparto: Anna Díaz, Adriana Paz, Irene Escolar, Luisa Huertas, Laura Gómez, Charlie Rowe, Guillermo Ríos, Dailyn Valdivieso, Sergio Bautista, Dan Feria, Celeste Beas, Benny Emmanuel, Adriana Jácome, Teresa Lozano, Berner Maynés,
Género: Drama. Drama social. Inmigración. Familia.
Lucila, una mexicana de 21 años, viaja a Madrid con su hermano adolescente, Diego, para reunirse con su madre, Isabel, quien emigró ocho años antes en busca de un futuro mejor. Si bien este drama comienza como muchos otros sobre el tema, la historia da un giro trágico y demuestra la dificultad de escapar de su condición social inicial. Ceniza en la boca es una película a la vez justa, sensible y realista, vista desde la perspectiva de la juventud y la adolescencia. Sin embargo, por un lado, la dirección a veces muestra cierta frialdad, incluso una distancia que denota cierta falta de sinceridad. Y por otro lado, la sequedad con la que Diego Luna construye la historia de Lucila proporciona un contrapeso necesario a la excesiva empatía emocional que suele lastrar proyectos de este tipo.



El cineasta opta por no sacrificar la película a las convenciones del género de suspense ni a su estética sensacionalista, prefiriendo un fatalismo, una mezcla de sequedad y humanidad que mantiene la violencia a raya. Es una pena que el realismo se vea a veces empañado por un guión demasiado predecible. Del mismo modo, la película carece de impacto debido a sus elecciones estéticas —una paleta de colores apagada, monótona y repetitiva— que no logran elevarla más allá de una crónica social. De alguna manera, somos testigos de la intimidad de la inmigración. El director sigue de cerca a su protagonista, pero hay que decir que los primeros planos se vuelven rápidamente agobiantes. La fuerza de la película reside en su capacidad para evitar la caricatura, gracias a la interpretación matizada de Anna Diaz.


Este largometraje inmersivo e íntimo no sermonea ni defiende torpemente ninguna postura. El cineasta no machaca un discurso político centrado en temas indígenas, prefiriendo concentrarse en el drama. Sin embargo, la dirección no prepara al espectador para el conmovedor suceso que desemboca en la elección final de Lucila. A través de unas pocas llamadas telefónicas a México y España, la película simplemente desentraña las razones de su exilio, dejando detalles importantes en la sombra, atrapando así al personaje en los estrechos límites de la representación. Nunca estamos en igualdad de condiciones con la protagonista, mientras la vemos debatirse, atrapada en la trampa del guión. Por ejemplo, la película insinúa la violencia en México con un ataque apenas visible, solo audible en el frenético tiroteo de los agresores. La imaginación es más poderosa que la exposición.


Ceniza en la boca se divide en cuatro partes sin título, cada una con su propio giro argumental. Esta estructura, por lo tanto, se asemeja a una carrera de obstáculos —una técnica frecuentemente utilizada— que puede desvirtuar el mensaje de la película. Como si Lucila, a través de su sencilla vida cotidiana como trabajadora precaria, no fuera ya suficientemente víctima de un sistema que la oprime y explota. Fortalecer la conexión empática entre nosotros y la protagonista, intensificando esta relación de manera dramática, habría hecho que la protagonista tuviera mayor impacto. Aquí sucede lo contrario. No llegamos a comprender realmente la realidad de Lucila al descifrar las dinámicas de poder y la dominación en juego, por ejemplo.


La película se aleja de esta idea y tiende a espectacularizar el recorrido de la joven, transformándolo en una especie de acumulación de desgracias y mala suerte. Esta trayectoria despolitiza la película. Lucila tropieza, pero se mantiene en pie, y su decisión final se asemeja a un estallido de dignidad y esperanza, pues su historia es también la de una búsqueda de identidad. La cámara nunca abandona a Lucila, pero la distancia de nosotros, la encierra dentro de un marco que actúa como una prisión, hasta el punto de que lo anecdótico a veces lastra la obra. Impulsada por actuaciones convincentes, tiene el acierto de no sucumbir al patetismo, pero no evita los clichés. Además, la dirección es algo desordenada en ocasiones.


Al afirmar lo obvio y reducir el complejo tema de la integración a una serie de escenas predecibles y bastante lineales en su exploración de los desafíos, Diego Luna a veces da la impresión de haber elegido este escenario como pretexto para solo contar una historia: la historia de Lucila. Sin embargo, es difícil acusar este enfoque de oportunista, dada la dedicación del director a representar la creciente conciencia de Lucila, ilustrada por numerosas escenas nocturnas donde los nudos de la trama se atan y se desatan como si las noches fueran terreno fértil para este despertar. Es un encuentro de dos mundos que no puede ocurrir sin fricción, sin decepción. Un final completamente feliz es imposible porque la lucha continúa, y la familia no triunfa sobre nada: simplemente hace más llevaderos ciertos dolores emocionales para poder resurgir de las cenizas.
CENIZA EN LA BOCA – Versión en francés
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