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Drama, Familia, Paternidad

SUS HIJOS

Película de Pablo TRAPERO, Reino Unido, 2025

Crítica de Véronique Gille, traducción adaptada

Duración: 119 min.

Año: 2025
País: Reino Unido
Dirección: Pablo Trapero
Guion: Sarah Polley, Pablo Trapero. Novela: David Gilbert
Música: Cristobal Tapia de Veer
Fotografía: Diego Dussuel

Reparto: Noah Jupe, Bill Nighy, Johnny Flynn, Dominic West, George MacKay, Imelda Staunton, Arthur Conti, Anna Geislerová, Pamela Shaw, Poppy Allen-Quarmby, Charlotte Dauphin, Kerry Frater, Guadalupe Barcala, Kieran Chalker,
Género: Drama. Familia. Paternidad.

      La última película del cineasta argentino Pablo Trapero presenta a un famoso escritor que ha optado por vivir recluido durante los últimos veinte años y es padre de tres hijos, el menor de los cuales tiene dieciocho años, la edad de las infinitas posibilidades. Pero profundamente afectado por la reciente muerte de un amigo, Andrew, ahora un alcohólico sin remedio, decide reunir a su familia fracturada. Sus hijos es la historia de un deseo de ego extremo, narcisista y bárbaro, con un protagonista atrapado en su patología. Sus dos hijos mayores, Richard y Jamie, no alcanzan la supuesta genialidad paterna, y este padre histérico lucha por aceptar su percibida mediocridad, depositando todas sus esperanzas en su tercer hijo, Andy, quien parece ser la viva imagen de su padre. Dado el tema, podría concluirse que el director somete el mito convencional de Pigmalión a un análisis crítico, presentándose en pantalla como un mito elitista, incluso eugenésico.

      En su película, Pablo Trapero utiliza su talento como director para explorar la locura oculta de su personaje, Andrew. Su puesta en escena se centra en detalles simbólicos: un lápiz, una hoja de papel, un vaso lleno o vacío, libros por doquier y una imagen a menudo velada. El cineasta también juega con el principio expresionista de usar decorados cargados de significado: un increíble caos, donde reina el desorden, se convierte en símbolo del estado psicológico y patológico de este anciano escritor solitario que teme a la muerte y encuentra en su gran casa la seguridad que lo protege del mundo exterior. La casa se ha apoderado de su dueño, quien es atendido por Andy y la ama de llaves, Gerde.

      El director orquesta una variación de la relación de amor-odio entre un padre y sus hijos, en particular con el mayor, Richard. Transforma esta trama minimalista en un duelo desgarrador donde el vínculo filial se ha forjado en el dolor, entre gritos de ira y sumisión. La fuerza de la película reside en abrazar esta furia mórbida sin negar jamás su peligroso autoritarismo, incluso su dimensión fascista, lo que convierte esta historia familiar en algo bastante cruel. Pero también es una reflexión sobre la búsqueda obsesiva de la perfección que impulsa la tensión dramática. El implacable afán de Andrew por reinventarse, resaltado por colores cálidos y sofocantes, y las escenas de conflicto bien elaboradas mantienen nuestra atención, a pesar de algunos efectos a veces exagerados.

      Sin embargo, no es tanto el tema lo que se vuelve tedioso a la larga, sino la naturaleza predecible de los enfrentamientos entre el torturador y sus víctimas. Cada arrebato de ira de este padre enfermizo presagia un apaciguamiento gradual que, a su vez, anuncia una nueva humillación, y así sucesivamente, como una escena que se repite sin cesar. Andrew, a quien Bill Nighy interpreta con talento, machaca muchas palabras sin cesar, mientras que Pablo Trapero, cabe decir, retrata a su personaje con estilo. Este anciano temeroso y adusto, considerado un genio, está completamente desconectado de la realidad, atrapado en una burbuja que pronto estallará, y se niega a reconocer su decadencia y su incapacidad para afrontar el mundo real. Una especie de inválido lisiado, caído de su pedestal, que aún cree que lo están llevando hacia las alturas.

      Dos puntos fuertes destacan a favor de la película. Primero, evita la caricatura que el personaje de Andrew podría inspirar fácilmente. Segundo, la dirección general, ya que los acontecimientos no se narran de forma lineal. Se yuxtaponen constantemente en un vaivén entre el presente y el pasado, lo que dota a la historia de profundidad y una ironía mordaz, puesto que cada recuerdo del pasado revela la brecha entre la cruda realidad de los hechos y la interpretación delirante que Andrew hace de ellos. Porque este personaje, en efecto, vive en un delirio y siente muy poca preocupación por el destino de sus dos hijos mayores y su exmujer. Sin embargo, el humor de la narración da paso a cierta oscuridad humana. Pablo Trapero construye su perspectiva sobre las relaciones familiares con una mirada irónica, estigmatizando el narcisismo perverso de un hombre perturbado, cínico, patético, conmovedor e irritante que se agita y grita a la cámara en una mise en abyme del ejercicio despótico del poder. Todo podría ser cierto, y todo es una locura. El cineasta tiene buen ojo para la atmósfera, pero le falta un punto de vista.

      El escollo de Sus hijos es que pasa por alto demasiado rápido la locura del sistema que llevó al viejo escritor a tomar su decisión hace veinte años: la decisión de un hombre disfuncional, innegablemente bien filmada, pero cuya historia, en última instancia, sigue siendo superficial y anecdótica. Es una pequeña e íntima pesadilla orquestada por un tirano común. También es una oportunidad de oro para el cine, generador de ficción y fantasías, para sobrellevar mejor la realidad —o para liberarse de ella—, pero la película no convence del todo, a pesar de que el cineasta transmite eficazmente la vileza de su personaje. Lo encuadra entre líneas horizontales y verticales, dejando al espectador sin saber con certeza qué género está viendo: ¿comedia negra, drama psicológico, ensoñación mórbida?

       Ni panfleto virulento ni drama de suspense, la película es un estudio de las costumbres, a veces mordaz. Un híbrido entre las convenciones de la producción y destellos de brillantez que realmente merecen la pena ver. Así, una película algo desconcertante e inquietante que pinta un retrato perturbador de la humanidad, y quizás más astuta de lo que aparenta inicialmente. Este juego de contrastes resulta aún más efectivo porque mantiene al espectador a distancia, apelando no a sus emociones, sino a su reflexión.

SUS HIJOS – Crítica – Versión en francés

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