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AMERICANA, Drama

REBUILDING

Película de Max Walter-Silverman, EE. UU., 2025

Crítica de Véronique Gille, traducción adaptada

Duración: 95 min.

Año: 2025
País: Estados Unidos
Dirección: Max Walker-Silverman
Guion: Max Walker-Silverman
Música: James Elkington, Jake Xerxes Fussell
Fotografía: Alfonso Herrera Salcedo

Reparto:Josh O’Connor, Lily LaTorre, Meghann Fahy, Kali Reis, Amy Madigan, Nancy Morlan, Jefferson Mays, Jules Reid, Binky Griptite, Sam Engbring,
Género:   Drama. Incendios.

     La vida de Dusty, o casi toda, fue consumida por las llamas de un incendio forestal. Su rancho, su tierra, en algún lugar del oeste americano, desapareció del mapa. Obligado a vender su ganado en una subasta, encuentra refugio en un pequeño parque de caravanas, donde también se apiñan otras víctimas del desastre. Arar su tierra y criar a sus animales se ha vuelto imposible, y debe aceptar un trabajo en una carretera asfaltada que le arranca a ese Edén discreto hacia el que siempre vuelve en nombre de su apego visceral a la tierra, a las virtudes de las costumbres de su mundo vaquero. El actor inglés Josh O’Connor, entrañable y sutil, resulta convincente en este papel de vaquero americano, descendiente de una larga estirpe de personajes taciturnos. Es un héroe sencillo, modesto y de carácter firme, que afronta la adversidad con valentía.

      Rebuilding es una película tan sencilla como su protagonista, clásica, sensible, que se esfuerza constantemente —quizás demasiado— por la precisión en su retrato de los sentimientos. La forma se subordina a la intimidad a pesar de los vastos paisajes devastados por el fuego. El cineasta expresa esta intimidad mediante toques nostálgicos que impregnan los diálogos, a menudo breves pero nítidos, sobre esta tierra que tanto despierta los remordimientos de Dusty. Surge una universalidad que podría tener implicaciones sociales y políticas. Es un melodrama delicado que no rehúye la esperanza y evita los clichés tan adorados por Hollywood. Una clásica historia de amor con la tierra, el vaquero y la vida pionera se muestra aquí a través de la relación entre un padre (Dusty) y su hija (Callie), a quien apenas conoce.

       La película puede resultar atractiva por su sobriedad, aunque el tema sea recurrente: la nostalgia por un paraíso perdido. Todo es predecible y el guión carece notablemente de originalidad. Si bien las imágenes poseen cierta belleza formal, el conjunto no siempre evoca la emoción deseada, como si la película fuera demasiado personal y alejara a los espectadores menos experimentados. Sin duda, se trata de una ficción impregnada de realidad, y cabe reconocer que plantea interrogantes al espectador, ya que este western, sin armas, batallas ni sheriffs, explora el tema de la posible reconstrucción de un mundo, simbolizado por las diminutas hojas verdes que renacen en el tronco de un árbol aparentemente muerto.

     A pesar de las buenas interpretaciones de los actores, la película inevitablemente se torna tediosa, sobre todo en las escenas finales, donde ya se ha dicho y mostrado todo. El tema requería mayor rigor e intensidad dentro del género del western, de primera entrada anticuado y formalista. Se percibe que el director pretende diseccionar una sociedad indiferente a la tragedia sufrida por las víctimas del desastre, una sociedad consumida por la uniformidad. Pero no lo consigue. De igual modo, la relación tímida entre Dusty, con sus gestos torpes, y Callie, con su afán por descubrir el mundo de su padre, presagia el imprescindible relevo de una nueva generación. Reconstruir altera profundamente las vivencias de los protagonistas, y los colores cambiantes, desde cálidos hasta más o menos neutros, reflejan las transformaciones psicológicas de los personajes. El diseño de sonido realza mucho las atmósferas. En ocasiones, el director logra dotar de carne y hueso a los personajes y, con distinto grado de éxito, hacernos compartir sus esperanzas, alegrías y tristezas, todas impregnadas de una melancolía presente desde el principio.

     Es comprensible, entonces, que algunos espectadores, por muy posmodernos, endurecidos y guasones que sean, se sientan atraídos por una historia rebosante de sinceridad y buenas intenciones, arraigada en valores ancestrales y con personajes unívocos. El director se detiene en planos de paisajes, primeros planos de los actores y composiciones en sus lugares de vida. Cree firmemente en ello y parece no mantener ninguna distancia con un tema de matices dramáticos. Así, nos sumergimos por completo en la vida de los personajes. Limitada a unos pocos lugares clave (la tierra y la caravana de Dusty, la casa de Ruby, un establo, prados…), la acción, con sus pocos giros de guion, nos revela que lo que interesa a Max Walter-Silverman es lo humano. Celebra valores tradicionales sólidos como la integridad, la sinceridad, la solidaridad y la modestia. Más que nada, la idea de una humanidad posiblemente unida se concreta a través de comidas compartidas, canciones bajo las cálidas luces de la noche, la propuesta de Dusty y las caravanas que se siguen unas a otras como las antiguas filas de carretas de los conquistadores del Oeste americano.

     El director sugiere que el nuevo camino recorrido por coches y caravanas es el mismo que transitaron figuras reales del pasado, repitiendo el ciclo infinitamente nostálgico de la historia. Las imágenes finales resuenan como un sueño, el sueño de una conciencia colectiva que revive y se reconstruye. En esta tierra ancha y devastada, el espíritu, los valores y las tradiciones austeras de los pioneros aún perduran. Esta es la razón de ser de esta crónica familiar y verdadera oda a la naturaleza, donde el cineasta trabaja con silencios y emociones contenidas. Honesta tanto en su intención como en su dirección, la película se centra en la veracidad y el realismo: la mística del vaquero es una filosofía de vida. Max Walter-Silverman cree en la bondad simple de la humanidad y rechaza cualquier artificio (narrativo o formal) que pueda crear cambios bruscos en la historia.

     Sin embargo, en ocasiones, da la impresión de que el director pasa por alto los matices sutiles que podrían haber aportado mayor profundidad y estructura a su película. Si bien el tono melancólico del filme proviene de la trama, también surge del escenario: los paisajes vírgenes, el recuerdo del incendio y un profundo pesar por la conquista del Salvaje Oeste. La sobriedad de la trama sugiere que este paraíso se ha perdido para siempre debido a malentendidos, ajenos a cualquier conflicto, entre gobernantes y habitantes. Pero sobre todo, es la discreta belleza de la película la que, aun sin alcanzar un gran éxito, ofrece suficientes momentos para satisfacer a la mayoría del público.

Vista en la XIII edición de Americana de Films (Festival de cine independiente norteamericano de Barcelona) donde obtuvo los premios del público (ficción) y del jurado cineclubista FCC.

Rebuilding – Crítica_ versión en francés

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