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Biográfico, Drama, HISTORIA

LOS ÚLTIMOS DÍAS DE MARÍA ANTONIETA

Película de Gianluca JODICE, Francia-Italia, 2024

Crítica de Véronique Gille, traducción adaptada

Duración: 101 min.

Año: 2024
País: Francia
Dirección: Gianluca Jodice
Guion: Filippo Gravino, Gianluca Jodice
Música: Fabio Massimo Capogrosso
Fotografía: Daniele Ciprì

Reparto: Guillaume Canet, Mélanie Laurent, Aurore Broutin, Hugo Dillon, Fabrizio Rongione, Anouk Darwin Homewood, Tom Hudson, Roxane Duran, Vidal Arzoni, Thierry Barbet, Vincent de Bouard, Fabrice Eberhard, Jérôme Chappatte.
Género:   Drama. Siglo XVIII. Histórico

     La película retrata los últimos días de Luis XVI, un rey frágil y abrumado por los acontecimientos, obligado a pagar por los crímenes de todos sus predecesores y por los suyos propios. Guillaume Canet resulta convincente en el papel del monarca, al igual que muchos de sus compañeros de reparto. De hecho, la interpretación coral es uno de los puntos fuertes de esta reconstrucción semi-histórica y semi-ficcionalizada. Sin embargo, una de las debilidades del filme reside en que el guión no siempre es sutil y la representación de los personajes principales no siempre trasciende los arquetipos. La película a veces resulta maniquea, ya que el director claramente se pone del lado de la familia real condenada, sin duda viendo a los revolucionarios como utópicos intransigentes y pasando por alto la tiranía de los Capetos.

      Sin embargo, Gianluca Jodice logra que su personaje resulte entrañable gracias a su sencillez moral y sus contradicciones, dividido entre sus ideales y la causa a la que sirve. Es principalmente gracias a la representación de la relación entre Luis XVI y María Antonieta que la película sigue siendo interesante. No pasará a la historia del cine, pero no le faltan bellas secuencias. Corre el año 1792. Los reyes de Francia están encarcelados en la Torre del Temple. La Comuna de París acaba de tomar el poder; la vieja Francia ha muerto y la barbarie pronto se extiende. El futuro de la monarquía, o más bien su inminente desaparición, está en manos del nuevo orden. El cineasta intenta diseccionar los últimos momentos de este corrupto Antiguo Régimen, cuyos miembros están dispuestos a traicionar sus principios para mantener su posición.

     La película despliega, a cámara lenta, incluso dilatada, las fases de la agonía de este régimen anticuado, un mundo al borde del abismo. Sin embargo, la película no es ni mordaz ni genera ansiedad. Es un canto casi litúrgico y lúgubre, un canto del cisne. La preocupación por la estética es constante a lo largo de la película. La puesta en escena otorga pleno significado y sustancia a los objetos (telas, luces, las piedras de los muros). Pero, ¿podemos realmente conectar con esta historia? La cámara de Gianluca Jodice casi nunca se aparta de los monarcas, cuya decadencia llama la atención. El pueblo no aparece como una entidad organizada, pero está presente, de forma más o menos directa: los pasos y gritos de los guardias, las palabras de los comuneros, el encuentro con el rey y la reina en su lugar de encarcelamiento.

     Aquí, la Revolución parece desempeñar el papel del destino en la tragedia griega: abre el abismo de la rivalidad, los celos, el odio y la violencia sexual. De hecho, la película está estructurada como una tragedia griega, con un desarrollo dramático en tres actos, como en el teatro clásico. Cada acto tiene un título: los dioses, los hombres y los muertos. Desde la escena inicial, todo está en su lugar en esta necrópolis —la Torre del Templo— sobre la cual pende una especie de condenación. El cineasta presenta a los personajes y crea una atmósfera a la vez ahogada y opresiva, donde las ansiedades y los resentimientos arden bajo la apariencia de buenas maneras. La tragedia puede comenzar, y poco a poco, la película se eleva al nivel de lo trágico. La rivalidad entre los dos mundos se encarna, a nivel individual, en el enfrentamiento entre María Antonieta y Henri, el capitán de la Comuna, que pone en marcha una cadena de muerte. Este primer acto es la exposición.

      Luego viene el segundo acto, una parodia de un juicio, una serie de intercambios inútiles y verbosos, ya que el trágico final de los monarcas está sellado, coronado por la muerte. Los dioses han sido doblegados por los hombres. El tercer acto concluye con las preguntas de estos hombres: puesto que los dioses han muerto y los hombres son responsables de su aniquilación, ocupan los palacios. La película posee una orquestación arquitectónica: Gianluca Jodice ha construido sus imágenes sobre un doble movimiento opuesto. Un descenso, un ascenso. El descenso de los dioses, el ascenso de los hombres, como una partitura musical con sus movimientos lentos, aceleraciones dramáticas y momentos culminantes. La abundancia de primeros planos y primeros planos extremos se centra principalmente en los rostros de los monarcas, devastados por el terror y el odio, y es a través de esta abundancia que se inscribe el avance del espíritu revolucionario que envuelve a toda Francia. En el desenlace, se vislumbra en sus rostros un punto culminante de hundimiento interior: rostros pálidos, calcáreos y terrosos, máscaras lúgubres de marionetas, ya paralizadas por el miedo antes de ser paralizadas por la muerte.

     De igual modo, el director quería que la luz desempeñara su verdadero papel y que el color de cada escena indicara su potencial emocional. Tonos rojos brillantes pero ambiguos para los interiores, un azul frío y opresivo para los exteriores. En la primera parte de la película, nos sumergimos en una narrativa predominantemente realista, bañada por los últimos matices suaves de una paleta que atestigua la culminación de una atmósfera refinada. Luego llegan los grises tiznados de los exteriores (la atalaya de la Torre), el beige sombrío de los interiores, el negro y el blanco lívido, y una vez más los rojos sangrientos. El cineasta utiliza tonalidades cada vez más evocadoras de violencia, con rojos y verdes dominantes que recuerdan la atmósfera nociva de una pintura expresionista, reflejando el declive absoluto del poder real.

     La sección final de la película posee una belleza siniestra: toda ternura y melancolía han desaparecido, el rojo ha sido reemplazado por un azul frío y un beige turbio. Los tonos rubios pastel dan paso a tonos pálidos y cadavéricos. El rey está disfrazado, y la reina, con el rostro empolvado, se asemeja a una prostituta de un espectáculo de marionetas. Grita, abrumada por la locura histérica de quien ha perdido todo poder, pero sus gritos jamás resonarán con la misma fuerza que los gritos de sufrimiento inconmensurable proferidos por las mujeres y los hombres sometidos al poder real durante siglos en Francia. ¿Puede la película adquirir una dimensión universal que trascienda los beneficios y los inconvenientes de la Revolución Francesa? Lo que parece interesar al director en esta evocación del pasado es quizás una forma de iluminar el presente mostrando los caminos de la herejía humana. Así Los últimos días de María Antonieta daría testimonio, más allá de una época específica, del desatado de la barbarie que provoca cualquier totalitarismo (tanto monárquico como revolucionario) en cuanto empiezan a ceder los diques.

LOS ÚLTIMOS DÍAS DE MARÍA ANTONIETA – Crítica_ versión en francés

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